CANON


El término canon proviene del griego kanón (‘regla’, ‘modelo’) y, según las acepciones más generales que recoge el Diccionario de la Real Academia, la palabra canon es empleada como sinónimo de regla o precepto, catálogo o lista y modelo de características perfectas. Estas tres definiciones colocan al canon en el centro del concepto mismo de literatura y hacen que mantenga fuertes implicaciones con la mayor parte de los conceptos asociados a cultura: autoridad, gusto, estética, tradición, arquetipo, cultura popular, historiografía o género literario, por poner algunos de los ejemplos fundamentales que dan idea del enorme alcance que el canon tiene en el sistema literario.

El canon literario consiste en un conjunto de obras literarias que sirven como modelo estético en una cultura determinada, pero también se denomina canon al conjunto de normas que rigen la elaboración y recepción de un producto cultural. Es decir, el canon literario es tanto «el repertorio de modelos obligatorios de producción, como un almacén de valores inmortales» (Even-Zohar, 1999: 32).

No es posible establecer una lista de libros definitivos y concluyentes. La selección de uno o varios libros en una sola lengua literaria impone la facultad de juzgarlos subjetivamente. Ya en las escuelas catedralicias medievales del siglo XII se enseñaban, en una lista bien fijada y no casual sino normativa, unos prestigiosos autores considerados como esenciales por la pedagogía de la época. De ahí surgen las reglas y los paradigmas de los textos canónicos de la antigüedad. La selección de unos cuantos autores paradigmáticos tuvo desde entonces una importante repercusión en la transmisión, edición y estudio de ciertos textos –“canónicos” en el sentido moderno– y el abandono de otros que no entraban en esa categoría, y que quedaron así faltos del prestigio y los privilegios didácticos de la selección. E. R. Curtis, dice en su libro Literatura europea y Edad Media latina (1998), que en ese mismo siglo la lista, a pesar de todo, fue posteriormente ampliada con autores hoy injustamente olvidados.

El filólogo D. Ruhnken es quien, en el año de 1768, introduce la palabra canon para referirse especialmente a una “lista de autores selectos de un género literario”. La palabra griega kanón significa “caña”, “vara de medir”, de donde deriva su sentido de “regla”, “modelo prototipo”. En la reglamentación de las Constituciones eclesiásticas se llamaron “cánones” las reglas que eran admitidas como fundamentales, y “canónicos” eran los textos o libros que representaban la doctrina ortodoxa, es decir, que se ajustaban a ese “canon” doctrinal amparado por la autoridad de la Iglesia, y contribuían a fijarlo.

No es posible, contrario a lo que piensa Harold Bloom, en su polémico libro El Canon occidental (1996), (magníficamente refutado por Carlos García Gual), separar los valores estéticos del contenido y lo de la forma, y en cierto modo los formales, o incluso unos y otros, porque esos valores están ligados a una lengua particular. Y, porque, además, quien hace la selección pertenece a un preciso ámbito lingüístico, lo que influye en la percepción de esos valores estéticos, de los de la lengua, y las tradiciones literarias que conoce mejor. Por eso uno puede llegar a sospechar que para hacer una lista de autores uno se incline por los de su lengua. No otra cosa hizo el propio Bloom en su citado Canon.

En realidad toda selección canónica está condicionada por unos valores culturales determinados por una estimación social que está más allá de una decisión individual. El canon es una institución literaria ligada, según García Gual, a hábitos y prestigios de civilización y cultura, mantenida por una pedagogía que pretende mantener unos valores sociales, propugnando una distinción entre los cultos y los incultos a través de ese dominio de un lenguaje y un bagaje literario definido que transmite un espacio histórico. Lo que no quiere decir que un canon esté determinado fundamentalmente por instancias políticas. La problemática es mucho más compleja y sólo la dejo apuntada aquí.

Pero, por difícil que sea, un canon resulta tan útil como necesario en la enseñanza literaria. Lo que sucede es que dar una lista cerrada, de X cantidad de nombres, es una apuesta limitada y arbitraria. Sólo desde un punto de vista atento a la subjetividad histórica podemos considerar válidos ciertos cánones literarios, y en tal caso notando siempre un valor provisional, porque la antigüedad tampoco es la garantía absoluta de un autor o un texto como “clásico”. Todo juicio cambia con el tiempo. En todo caso, la flexibilidad del canon literario está sujeto a las variaciones del gusto y la crítica de cada época, sociedad e historia.

Mejor sería pensar en una lista abierta, en un canon que, admitiendo acaso una breve lista nuclear de unos grandes autores indiscutibles –Homero y Sófocles, Shakespeare, Cervantes, Milton y Dante, se complementara con otros textos de un valor estético memorable y singular. 

Apología de Sócrates de Platón
Romeo y Julieta William Shakespeare 
Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra 
Pedro Páramo de Juan Rulfo 
La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes




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